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¿QUE ES?
Un poblado fortificado ilergete
A cuatro kilómetros de la población de Arbeca, las Garrigues, cerca
del canal de Urgel, donde la aspereza virgen del paisaje quebrado
y seco se transforma en la suave y trabajada horizontalidad de
la llanada regada, se encuentra la partida de Els Vilars y, en
sus entrañas, el regalo más insólito y espléndido que el pasado
nos podía ofrecer: una fortaleza ilergeta construida el siglo
VIII antes de nuestra Era, un conjunto histórico y arqueológico
monumental excepcional, único en nuestro país.
El poblado fortificado de Els Vilars fue habitado ininterrumpidamente
entre 750 y 325 a.n.E. A lo largo de más de quince generaciones,
durante la Primera Edad del Hierro e inicos de la Segunda, sus
impresionantes murallas fueron mudo testimonio del desarrollo
y de los cambios vividos por sus habitantes.
Los primeros ocupantes, constructores de la fortaleza más antigua,
eran gentes pertenecientes al grupo cultural de los Campos de
Urnas, nombre asignado por los arqueólogos debido a su costumbre
de incinerar y enterrar las cenizas de sus muertos.
Casi doscientos años después, sus descendientes vivieron tiempos
históricos de profundas transformaciones, favorecidas por el contacto
con otras culturas mediterráneas a través de relaciones comerciales
con mercaderes fenicios y griegos y sus colonias y factorías.
Estos nuevos vientos históricos que soplaban con fuerza de levante
contribuyeron a modelar las sociedades tartésica e ibérica y,
con ellas, Andalucía, el Sudeste y toda la fachada mediterránea
de la Península Ibérica se incorporaban al concierto de las primeras
civilizaciones históricas. De esta manera, a lo largo de la sexta
y la quinta centurias anteriores a nuestra Era, los habitantes
de Els Vilars vivieron el proceso de iberización y el desarrollo
antiguo y pleno de la época ilergeta; esto significó para la comunidad
cambios que transformaron profundamente sus condiciones de vida,
orientándola hacia formas sociales y culturales más complejas.
El estudio de las remodelaciones urbanísticas y constructivas de
vasto alcance y de los conjuntos de materiales asociados a ellas
han permitido reconocer cinco fases en la evolución del asentamiento.
La secuencia puede sintetizarse de la manera siguiente:
Vilars 0 750-650 a.n.E.
Vilars I 650 - 550 a.n.E.
Vilars II 550 - 425 a.n.E.
Vilars III 425 - 350 a.n.E.
Vilars IV 350 - 325 a.n.E.
La fechación propuesta para la fase fundacional podría resultar
controvertida por su sorprendente antigüedad, teniendo en cuenta
la complejidad y envergadura de la impresionante fortaleza y las
implicaciones de orden social, político y de todo tipo que su
existencia pone de manifiesto. Pero somos los historiadores y
los arqueólogos quienes tendremos que revisar nuestros conocimientos
y encontrar respuestas a los apasionantes enigmas que plantea.
No hay duda al respecto: las más modernas técnicas de obtención
de cronología absoluta, la datación radiocarbónica (C14) y el
método de la espectrometría del acelerador de partículas (AMS),
nos permiten confirmar este remoto origen, e incluso envejecerlo,
puesto que la calibración remonta la fecha inicial a finales del
siglo IX.
Si el origen de Els Vilars, lleno de incógnitas, es un reto para
los investigadores, su final se nos aparece tanto o más misterioso.
El poblado fue abandonado a mediados del siglo IV a.n.E., según
se desprende de las producciones cerámicas de barniz negro que
caracterizan los últimos años de vida, de la presencia, escasa
pero significativa, de piezas de vajilla de lujo importada de
origen ático y bien fechada en el Ágora de Atenas. Ninguna razón
traumática o violenta explica la desocupación; el recinto no fue
destruido sino simplemente deshabitado. Quizás el agotamiento
de los campos más inmediatos aconsejó el traslado a otro lugar.
Una cosa sí parece segura: la muralla, el foso y las defensas,
que habían sido la razón de ser del asentamiento, siglos más tarde
eran un obstáculo insalvable al desarrollo urbanístico normal
de un poblado ilergete, que exigía calles más anchas, viviendas
más complejas y espaciosas y una mayor diversificación del espacio
en función de las nuevas necesidades sociales y productivas de
todo tipo. Los nuevos tiempos sancionaban su inutilidad y su descomunal
tamaño hacía imposible que fueran embebidas por el propio crecimiento
extramuros.
El poblado fortificado fue construido en una llanada surcada por
el río Corb y barrancos cortos que tienen sus cabeceras en el
relieve próximo de las Garrigues y acaban desapareciendo absorbidos
por la horizontalidad del paisaje. Esta red de drenaje, que origina
unos valles amplios de fondo plano, articuló el poblamiento antiguo
de la zona. En nuestro caso, sus habitantes, pese a los esfuerzos
complementarios que la defensa del lugar comportaba, decidieron
el emplazamiento sobre el barranco del Aixaragall en función de
sus espléndidas posibilidades agrícolas, renunciando a las defensas
naturales que ofrecía la ubicación en algunas elevaciones existentes
a escasos kilómetros.
El análisis antracológico de los carbones recuperados en el curso
de la excavación permite formular hipótesis consistentes de restitución
paisajística y ecológica. El entorno inicial del poblado se caracterizaba
por espacios ocupados por bosques de robles y encinas, acompañados
de lentisco, pino blanco y madroño y manchas de vegetación arbustiva
dominada por maquia, garriga y matorral. La explotación agrícola
y ganadera, la recolección de madera para cubrir las necesidades
de la construcción y de leña, habían provocado destrozos entre
las formaciones vegetales que pueden ser consideradas naturales,
favoreciendo la extensión de pinos y de formaciones arbustivas.
En efecto, durante Vilars III (425-350 a.n.E.) los bosques disminuían,
el pino blanco dominaba a la encina y ésta primaba sobre el roble.
Casas, plazas y calles
En el interior de la fortaleza, el espacio era reducido y estaba
aprovechado al máximo; las casas apretadas y las calles estrechas
producían una sensación de hacinamiento. La imponente muralla
de cinco metros de anchura, con una docena de torres distribuidas
a lo largo de su recorrido, determinaba la forma ovalada de la
planta del recinto. Una estrecha puerta flanqueada por dos de
las torres, se encaraba al norte y una pequeña poterna protegida
por otra torre se abría al oeste. Con un eje máximo de unos cincuenta
metros el espacio cerrado tenía una superficie ligeramente inferior
a los 4000 metros cuadrados. En ella vivían aglomeradas un centenar
y medio de personas.
El urbanismo estaba organizado radialmente en torno a una plaza
central, presidida por una gran cisterna-pozo descubierta y revestida
de piedra y provista de corredor-bajador, que permitía a personas
y animales acceder a la cota cambiante del agua. Dos hileras de
casas se situaban entre la plaza y la muralla, separadas por una
calle empedrada paralela a ésta. La primera, constituida por casas
rectangulares alargadas apoyadas por detrás en la muralla y la
segunda, formada por construcciones de funcionalidad aún no definida,
entre la calle y la plaza. La red viaria enlazaba la calle de
circunvalación, la plaza y las puertas de acceso al poblado; el
cruce de aquélla con la que enfilaba la puerta de entrada abierta
al norte y el retroceso de unas fachadas originaban una pequeña
plaza donde funcionaba un horno. La puerta norte fue abierta a
finales del siglo VI a.n.E. durante Vilars II, después de cerrar
la poterna oeste; las reducidas dimensiones de ésta hacen suponer
la existencia de una puerta de acceso a la fortaleza, encarada
al sol naciente, en el área aún no excavada.
Esta disposición general se mantuvo con pequeñas modificaciones
hasta 425/400 a.n.E. Coincidiendo con el origen del período ibérico
pleno, se produjeron cambios drásticos en la disposición urbanística
y también en el sistema defensivo. Se implantó una nueva red viaria
y, en consecuencia, las viviendas adquirieron una diferente orientación,
se construyeron la cisterna-pozo y el bajador, posiblemente a
expensas de una anterior y se reforzaron las defensas. La última
fase aparece marcada por la decadencia que durante dos o tres
décadas precedió al abandono; entre los escasos restos arqueológicos
que le son atribuibles destaca la inutilización de la cisterna-pozo,
que fue rellenada con piedras y tierra.
Murallas, foso y piedras hincadas
Como hemos dicho, unas defensas descomunales protegían el poblado
convirtiéndolo en una fortaleza inexpugnable. Hay que pensar para
comprender su magnitud desmesurada en la inexistencia en la época
de cualquier maquinaria de asalto, desarrollada más tarde por
griegos, cartagineses y romanos. Una muralla torreada de cinco
metros de ancho y, al menos, cuatro o cinco de altura, garantizaba
la defensa ante un hipotético enemigo que antes de alcanzar sus
muros debía superar los taludes de un foso de trece metros de
ancho y cuatro de profundidad y los "chevaux-de-frise". Estos
últimos consisten en una barrera de piedras hincadas, dispuestas
al tresbolillo, al pie de la muralla y sobre la parte superior
del escarpe, destinada a imposibilitar los movimientos rápidos,
cuando el atacante se encuentra a tiro de los defensores y en
posición claramente desfavorable.
El foso y la barrera de piedras clavadas ya formaban parte del
sistema defensivo más antiguo. Con el paso del tiempo, la muralla
y las torres fueron experimentando modificaciones y reparaciones
y el recrecimiento del terreno fue progresivamente cubriendo de
tierra el foso y el "campo frisio". A finales del siglo V, coincidiendo
con el origen de Vilars III y cuando las piedras hincadas ya no
eran casi visibles sobre el terreno, se reconstruyó el foso, reforzando
su lado más próximo a la muralla con un muro de paramento regular
y vertical.
La excepcionalidad y la singularidad del sistema defensivo plantean
interesantes cuestiones referidas a su filiación cultural y a
su interpretación en el contexto territorial. Si las torres cuadrangulares
o el uso de adobes, tanto en la muralla como en la arquitectura
doméstica han de relacionarse con tradiciones locales, resulta
más difícil hacerlo con los "chevaux-de-frise". Tradicionalmente
se relaciona su origen con los movimientos traco-cimerios sobre
la Europa central del Hallstatt C y la importancia de la caballería
entre estas sociedades. En realidad, en este caso se trata de
estacadas de madera que protegían los "hill-forts" y que habrían
hecho su aparición en torno al 700 a.n.E. Su difusión hacia el
Occidente europeo (Irlanda, Escocia, Gales y Península Ibérica),
relacionada con la expansión de los Campos de Urnas, fue muy rápida
y la piedra substituyó la madera como material constructivo. La
arqueología parece corroborar la propagación Este-Oeste y demostrar
que, efectivamente, los más occidentales son más modernos; el
problema reside en que no sabemos casi nada de los eslabones intermedios
de esta teórica cadena evolutiva y difusora.
El estado de conservación y la cronología precisa hacen de la fortaleza
de Arbeca y sus "chevaux-de-frise" una aportación única y fundamental
al conocimiento de las fortificaciones de la Primera Edad del
Hierro peninsulares y europeas.
Guerreros, agricultores y ganaderos
Los ilergetes basaban su economía, como casi todas las sociedades
ibéricas y antiguas en general, en las actividades llamadas del
sector primario, fundamentalmente la agricultura y la ganadería
y éstas determinaban el día a día y el ritmo anual de la vida
en los pueblos ilergetes. Sin duda, la vida de la gran mayoría
de la población masculina transcurría más cerca de las herramientas
del campo que de las armas. Era un mundo de campesinos, artesanos,
comerciantes, guerreros, sacerdotes y aristócratas.
La etapa ibérica significó un cambio importante en la explotación
de la tierra y al tradicional cultivo de cereales y leguminosas
se añadieron el mijo, la alfalfa y la avena, mientras que la viña
adquiría importancia y aparecía una incipiente agricultura de
huerta y árboles frutales. El instrumental agrícola de hierro,
más resistente y eficaz y altamente especializado respondía a
las nuevas necesidades.
Los cultivos se basaban en cereales de invierno: la cebada vestida
y el trigo común-duro eran los más representados, pero se cultivaban
otras gramíneas como el trigo común-compacto, espelta y pisana.
Era una agricultura de ciclo corto con barbecho anual o bianual.
La presencia de una leguminosa, la lenteja, hace pensar en la
práctica de la alternancia cereales-leguminosas en el cultivo
de los campos, como sistema de recuperación de nutrientes que
evitaba el agotamiento de los suelos. La importancia del cultivo
del cereal se ve confirmada también por la presencia en las viviendas
de numerosas piezas de molinos, tanto barquiformes o de vaivén
como giratorios de dos piezas, así como por la reconstrucción
del entorno del poblado, donde abundan las malas hierbas asociadas
parasitariamente a los campos de cereales como el raygrás, la
cizaña, el amor del hortelano y la neguilla.
El utillaje agrícola, desde época ibérica, experimentaría una transformación
decisiva con el trabajo del hierro. El arado jugó un papel importante
en la intensificación de la agricultura y, sin duda, fue un factor
que contribuyó a desarrollar las desigualdades sociales al generar
excedentes y exagerar la diferente productividad de las parcelas.
La diversificación de las herramientas agrícolas nos permite reconstruir
las principales actividades del trabajo en el campo. Picos-hacha,
hachas, azuelas y podones permitían ganar terreno al bosque, cortar
árboles y raíces, limpiar y acondicionar el terreno; azuelas,
azadas y azadones abrían, aireaban y escardaban la tierra; layas
de pala estrecha o púas y cucharas de sembrador ayudaban al arado
a hacer posible la siembra; los legones daban forma a los pequeños
surcos en los huertos; los podones escamondaban las viñas; los
rastrillos removían el estiércol y, finalmente, las hoces segaban
los cereales. El fuego y el martillo trabajaban el hierro en las
fraguas de los sencillos talleres metalúrgicos locales, manteniendo
operativos los aperos. La gran difusión de la metalurgia desde
la primera mitad del siglo V a.n.E. había hecho posible esta profunda
revolución tecnológica.
En Els Vilars el proceso está ilustrado por el pico-hacha (dolabre)
aparecido en una de las viviendas de época ibérica antigua donde
funcionaba un horno destinado a la forja. De hecho la actividad
metalúrgica es conocida en todas las fases, gracias a la presencia
de escorias de hierro y de estructuras de combustión. Resulta
especialmente interesante la cubeta de un horno hallada en una
de las viviendas de la fase fundacional y en la cual han aparecido
hematies en estado puro; ésto quiere decir que, según las dataciones
radiocarbónicas, los primeros habitantes ya trabajaban el hierro
a comienzos del siglo VIII a.n.E. Els Vilars nos proporciona información
privilegiada para conocer el proceso de introducción y desarrollo
de la metalurgia del hierro entre las poblaciones pre-ibéricas
del nordeste de la península, al margen de relaciones con el mundo
colonial fenicio, a quien se atribuye desde hace años su difusión.
Por otro lado, quizás en el control de la siderurgia, del instrumental
y del armamento de hierro en un momento tan temprano radique una
de las claves para comprender la excepcionalidad de la fortaleza.
La ganadería constituiría la otra actividad económica básica. Los
rebaños de ovicápridos eran mixtos de cabras y ovejas en una proporción
parecida; la explotación prioritaria era la cárnica, ya que mataban
el 40% de los rumiantes antes de los dos años, pero también lechera
y lanera, puesto que el 25% alcanzaba la edad de los cuatro años.
Los suidos superaban con largueza a los bóvidos; salvo los ejemplares
reservados para la reproducción, el resto de la porcada se sacrificaba
al llegar al peso óptimo, hecho que se producía poco antes de
los dos años por tratarse de una raza rústica, de crecimiento
retardatario y alejada de la morfología del cerdo actual. Los
bóvidos eran sacrificados en torno a los cuatro años y se les
explotaba como fuerza de trabajo y para la obtención de leche
y carne, aunque se puede descartar el consumo sistemático de terneros.
El caballo y el asno eran explotados como cavalgaduras y animales
de tiro y carga y se aprovechaba la piel. La carne no era consumida
y los animales muertos acababan en el muladar, por lo cual sus
restos son extraños en el interior de los lugares habitados, si
no es en circunstancias especiales como las que veremos a continuación.
Hasta el momento, el hecho que singulariza la presencia del caballo
en Els Vilars no tiene nada que ver con estos usos sino con la
aparición de cuatro fetos de équidos de menos de diez meses enterrados
coincidiendo con la remodelación que precede a la construcción
de las viviendas de Vilars II; como no ha sido posible identificar
las fosas ni ninguna evidencia de ritual, pese a que es tentador
interpretarlos como un rito fundacional, no se puede descartar
que se incorporasen al relleno como desperdicios que, por su pequeño
tamaño, no habrían sido trasladados al muladar.
La posesión de caballos era emblemática para la aristocracia ilergeta
y uno de sus bienes más preciados. Esto lo sabía muy bien el general
romano Escipión cuando regaló trescientos de sus mejores ejemplares
a Indíbil después de la batalla de Baecula el año 209 a.n.E. (Polibio
X, 10). A inicios del siglo VII, a unos treinta kilómetros de
Els Vilars, en una de las tumbas de la necrópolis de La Pedrera
(Vallfogona de Balaguer-Térmens), a orillas del Segre, un personaje
de rango, posiblemente un caudillo o reyezuelo como el que seguramente
residía en nuestra fortaleza se había hecho enterrar acompañado
de su caballo, junto con su guarnición y objetos personales de
prestigio.
El perro completa el panorama de la fauna doméstica en el poblado
fortificado de Arbeca. Con toda seguridad era utilizado como perro
pastor, en la caza y en tareas de vigilancia y de protección.
La caza y la recolección tendrían un carácter secundario. Respondía
a una doble necesidad: mantener a resguardo los cultivos y hacer
una aportación cárnica fundamentalmente de conejos, ciervos y
jabalíes. Pero, principalmente la caza de estos últimos, constituía
una actividad de prestigio entre los aristócratas. Las mujeres
y los niños participaban en la explotación de otros recursos vegetales,
recolectando frutos silvestres como la mora-frambuesa y la uva
o lambrusca, leña, esparto, cañas, etc.
La producción agrícola excedentaria constituyó, muy posiblemente,
la "moneda de cambio" necesaria en la relación comercial con las
poblaciones costeras, pero la falta de excavaciones extensivas
en el interior de poblado no permite cuantificar ni documentar
otros aspectos de la producción y los sistemas de almacenamiento.
La presencia en la vajilla de mesa de sus habitantes de lujosos
vasos griegos constituye la muestra más evidente de estas relaciones.
Mercados del tipo, hoy diríamos, comarcal garantizaban el intercambio
regular de productos y el suministro de artículos, tanto exóticos
como de producción local.
La vida y la muerte
"No sois piedra ni madera sino hombres..." grita Marco Antonio al
pueblo en el mercado (W. Shakespeare, Julio César). El arqueólogo
debería hacer el mismo reproche a los restos que exhuma y tener
siempre presente que no desentierra cosas sino hombres y mujeres,
seres vivos que destinan buena parte de la existencia a las tareas
productivas pero que son algo más que estómagos andantes.
La lectura social de los restos arqueológicos nos permite entrever
personas sexuadas y clasadas, es decir, reconstruir una realidad
cotidiana donde los trabajos y actividades asumidos lo eran en
función del género y de la posición social. En la sociedad ilergeta
el espacio del hombre era el exterior, el cielo abierto, y las
actividades propias la milicia, la agricultura, la ganadería y
la caza; también eran masculinas las actividades comerciales y,
en general, todas aquéllas que tenían lugar fuera de casa y exigían
una determinada especialización, como la producción metalúrgica
o alfarera, a excepción de la producción textil.
Como es normal en todas las culturas de arado, la mujer tenía un
papel poco importante en la agricultura, pero la vida fundamentalmente
campesina atribuía a la mujer ilergeta responsabilidades más amplias
y trabajos al aire libre, de manera que colaboraba ocasionalmente
en trabajos agrícolas, como sería el caso de los huertos, y se
hacía cargo de tareas como el cuidado de los animales domésticos,
la recolección y la provisión de agua y de leña. El ámbito doméstico
era el reino femenino. Además de la maternidad, sobre las mujeres
ilergetas descansaban todos los trabajos que tenían lugar en la
casa, la molienda, la fabricación de harina, pan y galletas, la
cocina, hilar y tejer, cuidar la ropa, el mantenimiento de la
vivienda, la elaboración manual de la cerámica de cocina y un
largo etcétera de tareas cotidianas.
La excavación integral, minuciosa y rigurosa de un asentamiento
como Els Vilars nos permitirá recoger información sobre cualquier
aspecto de la vida de la comunidad que lo habitó, sin limitarnos
-como intentamos demostrar- a los aspectos productivos y reproductivos
del sistema. Las cuestiones no materiales de la cultura, el mundo
simbólico y las creencias, igualmente imbricadas en la vida cotidiana
y reflejadas directa o indirectamente en sus restos materiales,
también están al alcance del arqueólogo interesado en su reconstrucción.
Veamos brevemente dos ejemplos. El primero centrado en los pequeños,
un grupo social que raramente aparece como protagonista en los
escritos de arqueología. Pues bien, tan solo cuatro palabras referidas
a dos hechos de muy diferente significado, el comportamiento de
los adultos ante la muerte de los recién nacidos o perinatales
y el juego en la infancia.
Entre los íberos existía una tradición ancestral, compartida por
otros muchos pueblos, entre ellos griegos y romanos, y conservada
en determinadas áreas hasta el siglo XX, que consistía en enterrar
las criaturas que morían antes de nacer, durante el parto o poco
tiempo después, bajo el suelo de las propias viviendas. Estos
seres no habían pasado las ceremonias de afiliación ni superado
los rituales socioreligiosos de reconocimiento como adultos, razón
por la cual no eran incinerados y tenían prohibido el acceso al
mundo de los muertos. De esta forma se les ponía bajo la tutela
de las divinidades domésticas y transcendidos al rango de éstas
ejercían una acción protectora sobre los ocupantes y las actividades
que tenían lugar en el ámbito donde eran enterrados. Los habitantes
de Els Vilars también tenían esta costumbre. En la vivienda de
la fase inicial donde hemos explicado que se trabajaba el hierro,
fueron enterrados tres recién nacidos en una misma fosa, descansando
encogidos de costado parcialmente uno sobre otro, y años antes
en otra fosa había sido inhumado un bebé de poco más de diez meses;
el estudio en curso del ADN (Acido Desoxirribonucleico que transporta
las instrucciones hereditarias para formar un cuerpo y hacerlo
funcionar) nos dirá si eran o no nacidos del mismo parto y nos
permitirá conocer su sexo o saber si estaban emparentados los
primeros y el segundo. En otro caso, la fusayola que acompañaba
al recental nos sugiere que se trataba de una niña, pues el peso
que en el extremo del huso ayuda a torcer el hilo tiene un valor
emblemático al ser el hilado una actividad femenina. Hemos avanzado
en el conocimiento formal de esta costumbre, incluso de sus implicaciones
ideológicas, pero no sabemos en qué medida refleja la mortalidad
infantil o si corresponde a un mecanismo de control demográfico
y, en este caso, si afectaba por igual a ambos sexos.
Para quienes superaban los riesgos de la llegada al mundo, los
años de una infancia corta transcurrían entre los juegos y el
aprendizaje. Los juguetes obviamente eran mucho más sencillos
y menos abundantes que en la actualidad, pero no tenemos ninguna
duda sobre su existencia porque no es nada raro encontrar en las
viviendas ibéricas figurillas de terracota, bolas de barro decoradas,
una serie de asas ensartadas en una cuerda, fichas circulares
recortadas sobre pedazos de cerámica o un grupo de astrágalos
para jugar al juego de la taba. Este último, practicado por la
chiquillería de Margalef (Torregrossa) a fines del siglo III a.n.E.,
ha perdurado en algunas de sus múltiples variantes de habilidad
o azar prácticamente hasta nuestros días.
El segundo ejemplo hace referencia a la aparición bajo el pavimento
de las viviendas y en ocasiones incorporadas a un muro durante
la construcción de restos óseos de algún animal, preferentemente
cabras y ovejas. Esta práctica responde a la costumbre de realizar
ofrendas y sacrificios fundacionales destinados a poner la vivienda
o construcción bajo la protección de las divinidades. Especialmente
significativa es la ofrenda de un gran vaso, conteniendo en el
interior otro más pequeño, enterrado antes de construir una de
las viviendas de Vilars 0, justo en el sitio donde después se
iba a construir el hogar central.
Aristocracia, poder y territorio
Las impresionantes defensas que protegían el poblado haciendo de
él un fortín inexpugnable, exigieron una inversión de trabajo
y un esfuerzo tan colosal que requieren una justificación especial.
Pese aparecer aislado en la zona y adoptar un sistema defensivo
que no parece de filiación local, hoy, la hipótesis menos verosímil
es la de un grupo foráneo protegiéndose de un entorno hostil,
porque la cultura material, las estrategias económicas y las técnicas
constructivas, incluso los escasos datos sobre las costumbres
cotidianas, las creencias y el mundo simbólico en general, son
decididamente autóctonas y tienen sus raíces en viejas tradiciones
locales. Para averiguar el sentido último de la plaza fortificada
hay que preguntarse por los recursos que explotaban, tierra y
agua, los excedentes y la riqueza que guardaban o el poder que
materializaban y, al mismo tiempo, exhibían de forma simbólica
y ostentosa.
Por eso no es suficiente la lectura funcional desde el propio asentamiento
y resulta necesario referir la interpretación al contexto de una
sociedad y de un territorio jerarquizados. Creemos que las murallas,
el foso y el campo frisio jugaban un doble papel de protección
hacia dentro y de coerción sobre el territorio y otras comunidades.
Els Vilars aparece como la expresión del poder y la preeminencia
política, quizás la residencia de un caudillo o príncipe. La excavación
del interior del recinto y un mejor conocimiento del poblamiento
del entorno nos permitirán concretar y contrastar estas hipótesis.
Una ventana abierta al pasado
Un proyecto interdisciplinario
La excavación exhaustiva del poblado, el conocimiento del territorio
y una investigación interdisciplinar son las bases para hacer
de Els Vilars una ventana abierta al pasado.
La arqueología del pasado se construye con la arqueología del futuro.
La incorporación al equipo de investigación de los diferentes
especialistas permite abrir y orientar el trabajo a aspectos inimaginables
tan solo hace unos años. Estudios zoológicos (macro y microfauna,
ictiofauna, avifauna, entofauna, malacofauna, conquilogía), botánicos
(palinología, carpología, fitolitos, antracología), geológicos
(geomorfología, edafología, petrografía), antropológicos (determinación
del sexo y edad, patologías, ADN) tafonómicos, análisis aplicados
a los elementos muebles (ceramología, traceología, arqueometalúrgia)
y constructivos (analítica aplicada a la identificación de componentes
de los materiales) y sistemas de datación absoluta (C14 y AMS)
nos permiten abordar la reconstrucción de las formas de vida de
una comunidad de los siglos VIII al IV a.n.E. en condiciones de
responder a tantas preguntas como cualquier historiador o antropólogo
de épocas mucho más recientes.
Una pieza clave para el conocimiento del mundo ibérico
Els Vilars de Arbeca constituye una pieza decisiva para la comprensión
en clave de continuidad del proceso histórico que desembocó en
el mundo ilergeta.
La progresiva complejidad social de las comunidades de la plana
occidental catalana y del valle del Segre fue la consecuencia
de la apropiación desigual de los excedentes producidos por el
desarrollo de una economía agrícola basada en el cultivo cerealístico
extensivo. También explica su originalidad respecto a las poblaciones
costeras, sus propios patrones de ocupación y explotación del
territorio, las características de sus asentamientos y, en particular,
la aparición y el desarrollo de la arquitectura en piedra y los
primeros planteamientos urbanísticos durante la segunda mitad
del segundo milenio. La construcción de la fortaleza arbequina,
casi doscientos años antes de la llegada de los griegos a las
costas ampurdanesas y de la fundación de Emporion, muestra espectacularmente
el grado de desarrollo socioeconómico y político alcanzado por
las comunidades occidentales preibéricas.
La decisión de construir y fortificar el asentamiento en el llano
ilustra particularmente un aspecto de este proceso general: la
voluntad de explotar sistemáticamente los territorios aptos para
la agricultura como el Urgel, los valles laterales del Segre o
los Monegros, fenómeno que se produjo paralelamente a la concentración
del poblamiento en las zonas más favorables a las nuevas estrategias
económicas, en detrimento de otras de relieve más accidentado
como las tierras de las Garrigues.
La ocupación continuada del poblado fortificado durante más de
cuatrocientos años le convierte en un lugar privilegiado para
observar y conocer las transformaciones y los cambios experimentados
por la población en sus condiciones de vida, las innovaciones
tecnológicas, las costumbres y creencias. En particular, refiriéndonos
a la iberización y los tiempos más antiguos del periodo íberoilergete,
Els Vilars constituye un yacimiento clave y es el único en Catalunya
en curso de excavación donde esta etapa, el siglo VI, puede ser
estudiado sistemáticamente.
Siglos más tarde, en la segunda mitad del siglo III a.n.E., como
resultado de este proceso los ilergetes aparecerán como el pueblo
preromano más singular y poderoso de todo el nordeste de la península
ibérica. En aquellos momentos, Roma y Cartago, con las armas en
la mano, se preparaban para decidir la suerte del Mediterráneo.
Pero ésta es ya otra historia... Los propios escombros y el olvido
cubrían desde hacía muchos años la vieja fortaleza abandonada
y la población ibérica residía en otros pueblos y aldeas como
Tossal del Seba, Castell d'Arbeca, La Pleta o el Trull.
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